SANTAOLALLA Y SUS BANDAS. SOBRE “ROMPAN TODO”, POR SEBASTIÁN KOHAN ESQUENAZI

1. 

Hace más o menos 25 años yo tenía 15. Recuerdo un día equis de mi vida, uno de esos días adolescentes, casi iguales entre sí, en los que no teníamos mucho que hacer salvo ir a casa de algún amigo a no hacer nada y esperar haciendo zapping y escuchando discos, mientras fumábamos como cerdos en espacios cerrados con el cenicero al lado de la almohada, a que llegara el día siguiente y volver a clase para esperar que terminara el año escolar y empezara otro y así. Recuerdo que ese día, que podría haber sido cualquier otro, fui a casa de mi amigo de turno a no hacer nada cuando en el medio del zapping y el humo apareció un documental de MTV sobre rock argentino. Lo recuerdo como un documental hermoso donde veíamos imágenes del flaco Spinetta, de Charly, de Fito y etcétera. Recuerdo a Aznar diciendo que no entendía un carajo las letras de Charly en Serú Girán y que años después se dio cuenta que los censores de la dictadura tampoco las entendían y que por eso pasaban los filtros. Recuerdo que una chica cuyo nombre nunca supe decía, refiriéndose a Spinetta, que la gente tonta tiene cara de tonta y la gente inteligente, cara de inteligente. Recuerdo también que contaban la historia de Billy Bond cuando en pleno concierto vio venir a la policía y gritó “rompan todo”. Ese fue el primer recuerdo que tuve cuando la negra, mi chica, me comentó hace una semana que el emporio del streaming estaba por estrenar una serie con ese mismo nombre. 

Eran días sin internet. Días de televisión local y a veces cablevisión. Los contenidos eran escasos y cada uno tenía acceso a lo que circulaba en la casa y en la escuela. Años después llegó internet y por un tiempo nos emocionamos con el cuento del acceso irrestricto y democrático al infinito de contenidos. Comenzamos a bajar películas del Emule y después del Torrent hasta que un día llegó Netflix. Esa y el resto de las plataformas de streaming llevaban el cine a la compu y nos alejaban de la tele. Cambiaban los usos y costumbres y sentíamos en carne propia la alegría de ver morir la caja boba y sus contenidos impuestos. La cultura se hacía diversa y se expandía. Los horizontes se ampliaban y los horarios se hacían laxos. Cada uno veía lo que quería cuando quería. Éramos un poco libres. Los monopolios culturales e informativos comenzaban a perder poder, o eso creíamos, hasta que un día Netflix se convirtió en la nueva televisión. Si antes vivíamos inmersos en ataduras y normativas regidas por la materialidad de los elementos y éramos socializados en función del alcance físico de las cosas, ahora teníamos la ilusión de cierto acceso a la libertad de expresión. Sin embargo, resultó que los algoritmos digitales que medían el intercambio y regulaban la oferta y la demanda, volvieron a reconstruir esas barreras y esas normativas locales, pero ahora a nivel global e inmaterial. Digamos que antes la tele, la familia, el barrio y la escuela eran nuestro algoritmo orgánico, hasta que llegaron las redes sociales y las plataformas de streaming e inventaron el algoritmo digital con apariencia de libertad. Algo tenía que cambiar para que todo siga igual. 

Ayer me vi Rompan todo de un tirón y me la pasé de lujo. No obstante padecí durante cada segundo, la desazón de darme cuenta que Netflix se había convertido en la fuente del nuevo inconsciente colectivo de la actualidad y sentí la angustia de saber que fui yo mismo y nadie más el que decidió verla. Cada vez que entro a Netflix siento que elijo la pildorita roja. 

2. 

Hace 25 años, cuando veía un programa en MTV, decía que había visto un programa, o quizás un reportaje, casi nunca un documental y nunca, una película. Netflix nació siendo una plataforma de películas y documentales, razón por la cual ahora creemos que cualquier programa es un documental. Rompan todo, a pesar de ser un programa de entrevistas, puede ser considerado un documental digno de cualquier canal de televisión cultural local. Un documental televisivo sin ningún vuelo. Pero ninguno ninguno. Entretenido sin duda, con notables alcances nostálgicos, pero sin ningún afán narrativo o dramático. Ahora, ¿es un problema que sea un programa de entrevistas? No, para nada. Es lo que es y a cada cosa por su nombre. ¿Es un problema que no tenga ningún vuelo? Si, por su puesto que sí. No hay nada nuevo en esa serie. Dice exactamente lo mismo que el programa de MTV de hace 25 años. Los mismos músicos, diciendo lo mismo pero con canas, arrugas y panza. Lo único que cambia es que varios ya no están. 

“Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar. No somos punk, ni mod, ni heavy, rocker, ni skin, ni techno. Queréis engañarnos pero no podéis. Tampoco tenemos precio. Vosotros veréis que hacer, nosotros ya veremos. No somos nada. No somos nada”, dice la Polla Records. Una frase pertinente porque expresa de manera diametralmente opuesta la sensación que deja la serie, a la que no le interesa para nada la dimensión combativa y contracultura del rock, sino únicamente el cómo un sello discográfico convierte a los jóvenes rebeldes en productos comerciales. Una serie que no trasciende ni un milímetro la dimensión informativa, ni se aparta un segundo de lo políticamente correcto. La realidad le pasa alevosamente por el costado. Elude el conflicto social pero lo disimula con un inmenso stock de clichés. Pinochet, Salinas, Escobar, De la Rúa. Rompan todo hace un esfuerzo enorme por no romper nada y lo logra con creces. Sin embargo, no solo deja todo tal cual está, sino que construye peligrosos entramados de desinformación y manipulación que podrían pasar inadvertidos en el medio de los recuerdos juveniles. 

3. 

Netflix tiene la admirable capacidad de parecer que ofrece contenidos críticos sin hacerlo. Yo aun no he logrado desatar el nudo de esa estrategia, pero la intuyo sin parar. Cuando una cadena gringa monopólica que cotiza en bolsa como pocas y tiene el dedo puesto en la tecla de la rentabilidad, es la que aparentemente nos provee de documentales críticos, significa inevitablemente que se están apropiando de las reivindicaciones culturales, y esa apropiación no es más que una manera de desactivarlas, como cuando Nike usa consignas feministas y Renault habla del miedo de la libertad de Fromm. Cuando la rebeldía pasa por el filtro del mercado es desactivado, vulgarizado y mimetizado en el mar de ideas sin potencia transformadora, en el mar de la tibieza ideológica de nuestras sociedades, siempre de centro-derecha-no sabe-no contesta. Esa virtud de Netflix de apropiarse de todo lo que se mueve sin que se note del todo que desactivan la bomba, es una virtud digna de los aparatos de inteligencia. Pero claro, para que estos aparatos de inteligencia actúen, necesitan gente que trabaje para ellos: en este caso, los productores de la serie. Todo es menos inocente de lo que parece. Sobretodo si pensamos que va a ser una de las series más vistas en todo el continente y que se va a convertir en fuente para el sentido común de, por ejemplo, millones de jóvenes que no han vivido la historia política del continente y que no tienen una opinión formada. Para muestra van unos botoncitos. 

En Colombia da la sensación de que cuestionan la violencia y el narco, pero no nombran al Estado como socio del narco y como parte fundamental del crimen organizado. “El enemigo número uno de la sociedad colombiana es el terrorista Pablo Escobar y su organización criminal”, dice el presidente Gaviria, mientras Juanes da su opinión sobre la política nacional, momento en que Gaviria se torna, por defecto, parte de la solución y no del problema. Es decir que hay narcos malos pero no paramilitares que ejecutan el terrorismo de Estado. 

En México nombran a Salinas de Gortari como un corrupto pero no como gestor oficial de la violencia, aprovechándose de que la palabra corrupción ya no tiene potencia ni importancia. La corrupción vendría siendo un comodín para no decir nada. En ese contexto nombran a los zapatistas y al Subcomandante Marcos, pero no al movimiento del rock mexicano que encabezó y encarnó la lucha zapatista en un momento donde le robaban México a los mexicanos. 

Nombran a la dictadura argentina como un régimen criminal pero le ponen el contrapeso de la violencia guerrillera. Y en este punto me detengo. Esa equiparación de las fuerzas de ambos lados, por uno el Estado y por otro la guerrilla, en Argentina se conoce como la teoría de los dos demonios. Una teoría que intenta justificar la persecución, la tortura, el asesinato y la desaparición de, probablemente, treinta mil personas a manos del Estado argentino. Cómo no lo iban a hacer si del otro lado había unos subversivos muy peligrosos. La teoría de los dos demonios es una teoría descabellada a la que muchos no le damos mucha importancia porque aprendimos a elegir las batallas y a no entrar en el juego de la derecha. Sin embargo, en el contexto de la serie es una teoría terriblemente peligrosa porque justifica los crímenes más violentos que se hayan visto en la historia sudamericana igualando ambas violencias, proveniente de una producción que aparentemente no es de derecha, por lo que se cuela de manera muy disimulada en la formación del sentido común latinoamericano. A los que tenemos más de cuarenta años y somos argentinos, no nos modifica esa perspectiva, pero a todos los jóvenes de la región que no tenían ni idea de lo que ahí había pasado sí, a esos sí. 

Sin embargo, lo extraño, es que no haya una persona concreta a quien responsabilizar de dichos actos porque el director ni pincha ni corta y no podría hacerlo porque las series de Netflix ya no tienen directores sino productores que imponen formulas de realización preestablecidas a partir de dispositivos idénticos en los que solo cambia el contenido. Entrevistas y material de archivo intercalados sin propuestas narrativas, sin imaginación, sin punto de vista ni perspectiva, sin búsqueda ni riesgo. Formas de hacer que sientan precedente y que presionan a todo el resto de los realizadores del mundo a ajustarse a ellas para poder producir con el monopolio del streaming. 

Formas homogeneizantes que utilizan, para más inri, unos encuadres espantosos donde los entrevistados están acorralados hacia el margen del cuadro y encima mirando para afuera. Encuadres incomodos que le pierden el respeto por completo al entrevistado dejándolo pequeñito y mirando a alguien que está afuera de la escena, con el único objetivo de dejar mucho aire en cuadro y que se vea la hermosura de departamento en la que se encuentra. Planos abiertos y lejanos donde importa más la locación y sus lindas y amplias ventanas o sus cuadros de arte contemporáneo colores pastel, que los gestos y las emociones de la persona que habla. 

4. 

Sin embargo, a pesar de pensar lo que pienso, y de estar bastante de acuerdo conmigo mismo, venía disfrutando cada segundo. No voy a decir que estaba emocionado, pero sí cantando a todo trapo cada una de las canciones que conocía, o sea, todas. Padeciendo un poco el tedio de que todas fueran hits y bajando el volumen cuando sonaba Matador y Pachuco. Todo muy así, pero feliz. Sin embargo el último capítulo todo se torció de manera definitiva y el documental Santaolalla y sus amigos se convirtió en un Branded Content de su carrera. Una publicidad encubierta de sus logros, incluida una importante participación de Bajofondo que no incluye el detalle de nombrar a Gotan Project. 

Hasta que llega el desastre y, como para limpiar sus conciencias por el exceso de Alex Lora, nos regalan un video clip al estilo MTV de los años 90, donde aparecen algunas de las mujeres que han formado parte de la historia. Un segundo para cada una. Un vergonzoso y oportunista compendio de la temática feminista. Un poco de limosna para quedar bien nunca viene mal. Una mención honorifica al final para disimular la ausencia de la perspectiva de género. A Fabiana Cantilo, Man Ray, Mon Laferte, Celeste Carballo, Juana Molina y etcétera, las hace hablar de otros, pero no les incluyen ni una sola canción. Y de Cecilia Toussaint ni hablar. Que Andrea Echeverry los salve de todos sus pecados. 

5. 

Finalmente, en relación al sinfín de comentaros, criticas y apreciaciones personales sobre qué músicos entraron y cuales quedaron fuera, creo que el problema no es que esté Maná y no Mano Negra, que esté Miguel Mateos y no Caetano Veloso, que esté Zoe y no Santiago Feliú, que esté Radio Futura y no La Polla Records o que esté Bajofondo y no Gotan Project, el problema es, por el contrario, que no se llame a las cosas por su nombre. Rompan todo no es un documental sobre la historia del rock en América Latina sino un documental sobre las bandas producidas el Gustavo Santaolalla, quien a su vez es el productor del documental. 

Si el nombre de la serie hubiese sido Santaolalla y sus bandas, habrían sido anuladas de raíz todas las críticas respecto de la elección de los protagonistas, misma que hubiese dejado de ser tan aparentemente arbitraria. 

En cualquier caso, vale aclarar, el documental Santaolalla y sus bandas tampoco hubiese sido un documental sobre rock, sino sobre aquellas bandas que lograron ser parte de la industria discográfica masiva. La historia de cómo esos chavos o esos pibes que tenían buenas ideas pero que tocaban un poco como el culo hasta que llegó un productor y los hizo sonar bien. Una historia sobre la domesticación de las bestias autóctonas. 

Mi amigo Martin, una de esas vocecitas que me sopla lo que tengo que decir, me dice por audio de whatsapp que no escriba esta nota, que no vale la pena, que ya está escrita. Que responder al fenómeno significa legitimarlo. Puede que tenga razón, puede que no. En todo caso, la nota ya está escrita y a Netflix lo legitimamos al elegirlo una vez y otra también. A pesar de todo me divertí y si hubiera seis capítulos más me los miraba todos sin dudar. Cero puntos para mí, un puntito para el capitalismo friendly. 

© Sebastian Kohan Esquenazi, 2020 

Fuente: www.asalallena.com.ar

Juan

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